Vivimos en un ambiente obesogénico

No voy a descubriros a estas alturas que la alimentación infantil actual en nuestra sociedad no es la más adecuada. Sólo con bajar de las oficinas a los campos de entrenamiento y revisar las papeleras y cubos de basura puedo tener una idea (y bastante aproximada) de que algo no estamos haciendo bien en cuanto a la alimentación se refiere. Evidentemente esto es extrapolable a la vida cotidiana de la sociedad infantil española.

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Imágenes tomadas de las papeleras de los campos de Matapiñonera a primera hora de la tarde

Vivimos en una sociedad en la que encontramos una enorme disponibilidad de productos procesados. Un entorno en el que la población infantil tiene mucha facilidad para conseguir este tipo de “alimentos”. Su bajo coste y gran oferta, facilidad de consumo, alta palatabilidad, sus reclamos con cromos, premios, dibujos, colores, la ausencia de necesitar una preparación y que puedan consumirse al instante hacen que estos productos figuren diariamente en la alimentación infantil de una manera muy preocupante. Recordemos que son productos que generan un consumo adictivo, que están elaborados para gustar y generar placer inmediato en nuestro paladar y especialmente que son productos que no buscan beneficiar nuestra salud sino los bolsillos de las marcas por muchos enriquecimientos con vitaminas o minerales que nos pinten.

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Refrescos, gusanitos, chocolatinas, batidos comerciales, etc.

A todo esto hay que sumarle el sedentarismo, junto con la comida ultra procesada el otro gran factor de este ambiente obesógenico del que hablamos. Pongamos que por norma general, la población infantil pasa de media unas 6 horas sentada en su lugar de estudio, que además en los recreos o momentos de descanso la mayoría aprovecha para consumir estos productos de fácil disponibilidad (bollos, galletas, snacks, chocolatinas, refrescos, zumos industriales,etc.). Añadamos a todo esto, que una vez llegados a casa, con suerte solo tendrán dos horas que dedicarle al estudio y deberes. Y que una vez acabados, las consolas, la televisión y demás actividades de índole multimedia coparán las horas restantes hasta acabar el día para de nuevo volver a la misma rutina al día siguiente. En el caso de nuestra cantera, los entrenamientos suponen una liberación y una manera saludable, divertida y educativa de romper con ese sedentarismo. Pero no es suficiente. Algo tenemos que cambiar si queremos que la población infantil crezca en un entorno saludable, alejado de la enfermedad.

Mala alimentación y sedentarismo van íntimamente ligados de la mano. Cada vez hay más evidencias de que son factores que se retroalimentan el uno al otro. Y aunque hay excepciones y muchas veces el modelo educativo y social nos aboca a una actividad física reducida, siempre hay alternativas para combatir este sedentarismo. Evidentemente la alimentación es una de ellas.

Tenemos la misión de fomentar desde casa, desde los colegios y los clubes deportivos una educación que acerque a la población infantil a un modelo de vida saludable, organizado y responsable con ellos mismos. Sin salirnos del campo de la alimentación, hablamos de un modelo donde puedan entender que los ingredientes deben o deberían ser los propios alimentos. Me explico. Con toda esta psicosis de la alimentación, el azúcar, el aceite de palma tan de moda estos días. Estamos empezando a mirar más el etiquetado de los productos, su valor nutritivo, reparto de nutrientes y sus ingredientes. Y aquí reside el principal problema. En la comida real, los alimentos naturales son en sí el ingrediente. Es decir, el ingrediente de unos champiñones son los champiñones, el de unas lentejas son las propias lentejas. En cambio los “productos”, aquellos que copan una parte muy importante de la alimentación diaria de la población infantil suman ingredientes de alimentos sometidos a un procesamiento que cambian las características del alimento natural, de sustancias artificiales, aditivos poco o nada amigos de la salud, etc.

Así que, concienciémonos de cambiar el contenido de las papeleras.